Nací en Mendoza

Nací en Mendoza, una bella ciudad de Argentina, en el pie de monte de los Andes y cercana a la frontera con Chile. . “Mendoza, la bien sembrada, ciudad de luz y arboleda, en roca viva engastada”, así comienza la primera estrofa de un poema (1) del poeta del son, el cubano, Nicolás Guillén, escrito en el avión que lo llevaba de regreso a Buenos Aires. El lema popular dice “La tierra del sol y del buen vino”. Sigue Guillén: “El aire, rojo de vino, sostiene en alto un cantar, que es como un rojo fulgor”.

Cada año, algún temblor de tierra hace salir a las gentes de sus casas y cruzar hacia la calle, las típicas acequias mendocinas, que llevan el agua surgida del deshielo de las derretidas cumbres nevadas. Hace siglo y medio, en 1861 se produjo uno de los más fatales terremotos en la historia argentina: destruyó por completo la Ciudad y aniquiló al 40% de su población.

Cuando era niño, disfruté de unos magníficos veranos con mis abuelos maternos, en el campo del Chilecito, mendocino. Allí jugué con otros niños, entre otros muchos juegos, al “luche”, variante de la rayuela rioplatense, y del infernáculo, el tocaté, y la mariola, españoles. Este juego ha estado tan extendido por el mundo, que tiene infinidad de modalidades y denominaciones. En cuanto a los vegetales y animales, aprendí a sembrar, regar y cosechar papas, enlazar terneros y a montar a caballo ejercitando la equitación en silla inglesa y silla criolla; algunas veces, imitando a los indios, cabalgábamos a pelo, con arco y flecha. Después de la equitación, seguí con gimnasia, pelota a paleta y billar (casín y snooker), en el Club de Gimnasia y Esgrima, algo de rugby, para finalmente iniciarme en la disciplina psicofísica que vulgarmente se conoce como Hatha Yoga, y al igual que mi admirado Pandit J.Nehru, todas las mañanas comencé a “saludar al sol” que corresponda, y comenzar el día con la “cabeza en tierra y las patas para arriba”(2).

Realicé los estudios primarios y la mitad de los secundarios, en el Colegio de los Hermanos Maristas, y los últimos tres años de bachillerato, agradecí a mis padres que me dieron la oportunidad de optar por la enseñanza pública, laica y libre. He dicho libre, no por ser privada o concertada, sino porque nos permitió, a un grupo de amigos, estudiar y aprobar el último curso, examinándonos “por libres” en dos veces, en días de diciembre y en días de marzo, evitando cursar nueve meses de asistencia permanente.

En 1960, me trasladé a la ciudad argentina de Córdoba, a cursar estudios de Derecho, en su Universidad, “la docta”, la más antigua y durante más de dos siglos, la única del país. Allí en esa ciudad, en el Teatro Rivera Indarte, tuve experiencias que reforzaron mi cualidad de incipiente melómano, disfruté viendo y escuchando la interpretación de Ruggero Ricci, del concierto para violín y orquesta de Tchaikovsky, al igual, que la primera prueba musical en directo, cuando acompañé a mi madre, en Mendoza, a escuchar al polaco Witold Malcuzynski. No recuerdo, ni el año ni el teatro, -década de los cincuenta del siglo XX-, sí que algunos decían que era el último pianista romántico, y uno de los mejores intérpretes de Chopin, en esa época, detrás de ese otro polaco genial, Arthur Rubinstein.

Tres veces al año, solía viajar a Mendoza, en bus o en avión. En uno de esos viajes, del 63, viví un “punto de inflexión“, no en climatología, ni en cambios de concavidad a convexidad, tampoco en cálculos matemáticos, sino que después de un tiempo, comprendí que a partir de ese hito, bello y significativo, mi vida fue experimentando un cambio radical, y cuando digo radical, no me refiero a extremo, sino a profundo.

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Notas:

(1). El poemario La Paloma de vuelo popular (1958), texto en el que Nicolás Guillén, reunió la principal cosecha lírica realizada durante su exilio en Europa y las visitas a Sudamérica

(2). Referencia, a la secuencia del Surya Namaskar (Saludo al Sol), y a uno de los más vistosos “asanas” (posturas) del yoga psicofísico. Dos variantes: a) Sirsasana, apoyándose sobre un triángulo formado por la cabeza, los antebrazos y los codos, se elevan el tronco, las piernas, y los pies que apuntan hacia el cielo. b) Kapalasana, similar, aunque con el apoyo en la parte superior de la cabeza y en las palmas de las manos.

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