Proyecto Dispersión a Latinoamérica.

Así, a fines de 1964, viajé a Buenos Aires para visitar el cierre de un retiro, conocido después como Campo 1, donde fuimos invitados a un segundo, Campo 2, de dos meses, de enero a marzo de 1965. Allí conformamos, un grupo de 9 (2 porteños, 3 chilenos, 3 mendocinos, y una mendocina). En marzo de 1965, después de haber participado, en ese retiro bimestral de encuentro, entrenamiento psicofísico y estudio, que se efectuó en el delta del Tigre, nos comprometemos a completar la primera “dispersión”, de la Orden de Kronos, hacia el continente latinoamericano. Aunque, sólo cumplimos el compromiso, dos: Tania, a Chile y Alberto, a Bolivia.

De este modo, se completa en mayo, desde Mendoza el proyecto Dispersión a Latinoamérica, con los siguientes destinos: Juan C. Benenati; éste había partido unos meses antes- a México; en enero, Enrique Pareja, a Perú; Melquíades González, a Uruguay; y Marian Romero Day, a Venezuela; y por último en mayo Tatiana Germ, mendocina (nacida en Liubliana), a Chile; y yo, Alberto Leiva, a Bolivia.

En mayo de 1965, desde Mendoza, viajé en autobús, pasando por Tucumán, Salta y Jujuy, hasta La Quiaca, en el límite con Bolivia, y desde ahí en tren hasta La Paz. La ciudad capital más alta del planeta Tierra, junto con la Lhasa tibetana. El Illimani me recibe completamente nevado, y desciendo desde El Alto, y me instalo en un hotel de nombre Los Andes, sobre la Avenida Manco Capac, y durante la primera semana, me propongo tener muy presente las sugerencias del Buda histórico en el Satipatthana Sutta (Los Fundamentos de la Atención), adaptadas a la topografía accidentada de las empinadas calles paceñas, meditando al caminar, con atención, lentamente, para prevenir el “soroche” (5). A la semana de estar en La Paz, diversas conversaciones mantenidas en el café Club La Paz, frente al Obelisco paceño, dan su fruto y aparecen dos opciones de trabajo para atender a gastos de alojamiento, comida, etc, una de adicionista, en un restaurante, buen sueldo, la otra, iniciarme como periodista en la editorial Inter América y en la revista «Bolivia». Cuando escribo estas líneas, recuerdo que unos días antes de partir, había visitado con un amigo, el taller del grabador belga, de Amberes, Víctor Delhez, radicado en Chacras de Coria, quien me había escrito unas líneas de presentación para el escritor boliviano Fernando Diez de Medina. Éste, en su oficina-estudio paceño, bebiendo el típico café boliviano, me sugirió, que no lo dudara: periodista, que confirmaba mi adelantada apreciación. Trabajar por la mañana, me permitió, durante las tardes frecuentar la Universidad de San Andrés, y otros lugares relacionados con corrientes “esotéricas” (Teósofos, Antroposofía de Rudolf Steiner, Rosacruces, Iglesia Gnóstica Americana, Cuarto Camino, GFU). Desde esos ámbitos se nutrirá el primer grupo de estudios y práctica. Lateralmente, de esas incursiones y contactos derivó la posibilidad de conocer un singular evento cultural conocido como “Las Flaviadas”. (6)

Al concluir con mi primera reunión, percibo la necesidad de ampliar la participación a personas universitarias de sensibilidad menos esotérica y mágica; aportando de esa manera, formación de grupos de estudio y práctica, interesados sobre la teoría de la Posible Evolución del Hombre, la Teoría de los Centros (intelectual, emocional, motriz, somático-vegetativo, sexual y superior). Raciovitalismo orteguiano,etc.

Por otra parte, decidí recibir clases de yoga en un curso de Leo de Mascheville, Swami Sevananda; no confundir con Sivananda.

Realizo un periplo de un mes por Oruro, Cochabamba y Santa Cruz de la Sierra. A la vuelta asístí a una conferencia de un tal Pranavananda Saraswati, “en busca de dólares”.

En una semana vamos preparando con el grupo básico, un viaje hacia el lago Titikaka, especialmente a las Puertas del Sol, de la Luna, y al Templo de Kalasasaya, en el complejo arqueológico de Tiwanaku, que simbólicamente, en aquel momento me resonaba como el “chakra” energizante de Sud América.

Antes de dejar La Paz, con el grupo que había formado, y otros simpatizantes, preparamos lo que después algunos llamaron la “reunión de los 30 o 50“, la primera reunión internacional donde se perfilan, futuras dispersiones a los otros 4 continentes (Europa, Asia, África, y “Arco exterior Oceánico”) y los proyectos para los retiros conocidos como Bases. El primer día, nos reunimos en un local que había conseguido un miembro de mi grupo, y al siguiente alquilamos un sector de la primera planta de una cafetería.

A la noche siguiente, nos reunimos en el bar del Hotel La Paz, con Enrique Pareja, Adalberto Tolnay, y Pancho Allende, -hermano de Isabel, la escritora, no la política, hija de Salvador-.

En una semana, creo que todos retornamos a nuestros lugares de origen, con el compromiso de reunirnos en Mendoza, a la vera de la cordillera de Los Andes, en las inmediaciones de Cacheuta, cerca del “chakra” del Aconcagua. Desde la Capital mendocina a medianoche, salimos en “busca del ofitom perdido”, dejando los vehículos a unos 100mts de la carretera; después de una hora de caminata por un río seco, y búsqueda, provistos de pico, pala y azada, comenzamos a excavar y en media hora encontrar, nuestro “tesoro”. Una vez concluidos los preparativos, nos dedicamos a la autodestrucción simbólica de Kronos, actuando como artificieros hacemos explosionar el “ofitom de los orígenes”. El ofitom, era un cilindro aplanado, de 120cm de diámetro y 20 cm de espesor, con fondo de teselas negras, nuestra serpiente circular de color rojo, y en el centro una piedra de cristal de cuarzo. Allí, de madrugada, en un círculo ceremonial dibujado con antorchas, leímos una proclama e invitación que se iniciaba, así: “Kronos ha muerto…. de sus cenizas, Kronos renacerá si es que el espíritu se ha encarnado de algún modo”… …los invitamos a la construcción del “Templo de Kronos”, donde en principio no habrá entrenamiento, sino juegos de armonía y de ritmo, con prácticas del “Alto”, guiados por un Magister Ludí.

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Notas:

(5). Soroche: El mal agudo de montaña (MAM), llamado coloquialmente mal de montaña, mal de altura, soroche o apunamiento, es la falta de adaptación del organismo a la hipoxia (falta de oxígeno) de la altitud. La gravedad del trastorno está en relación directa con la velocidad de ascenso y la altitud alcanzada, aunque varía en cada persona. En la región del altiplano, se lo previene con infusión de hojas de coca. También con el acuyicu: (del quechua akullikuy), acusi o mascada es un pequeño bolo de hojas de coca (Erythroxylum coca). Colocado en la boca entre mejilla y mandíbula, este se masca en ciertas zonas de Sudamérica (noroeste de Argentina, norte de Chile, occidente de Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia) para evitar o disminuir los efectos del apunamiento causado por la falta de oxígeno en la atmósfera a grandes altitudes. También es usado para disminuir los efectos de la fatiga y se dice que ayuda igualmente a contrarrestar los efectos de las bebidas alcohólicas y los excesos en el yantar. La costumbre de mascar acullico se denomina habitualmente acullicar o coquear, y coqueros a las personas que la practican.

(6). Las Flaviadas: fueron concebidas por el joven Flavio Machicado Viscarra en el verano de 1916, mientras escuchaba música en su departamento en la ciudad de Boston. A su retorno a Bolivia, el año de 1922, se encontró con un país donde la demanda de vida cultural era mucho mayor que su oferta. Inspirado en su experiencia en el extranjero y debido a su increíble sensibilidad por la música decidió abrir las puertas de su casa, en el Barrio de Sopocachi, en La Paz, todos los sábados, para que aquellos interesados en compartir con él, la belleza de la música, pudieran hacerlo…

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